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Un autobus urbano es como una especia de jungla en la que tan pronto no hay nadie como aparecen miles de seres de una especie diferente que tienen que convivir. Sudores, olores, caras, posturas, sonrisas, conversaciones absurdas…

Creo que pasará en más ciudades, pero en la mía hay cierta tradición por ir todos apelotonados cerca de la puerta principal. A nadie le gusta pasar y rozar sus pantalones con gente desconocida. Por eso se forman ciertas aglomeraciones que se parecen a una alcantarilla atascada cuando intenta desahogar fluidos y sólidos antes de empezar su siesta.

El otro dia hubo una discusión por esto. Un hombre de unos 70 años, con la agilidad de David el gnomo, intentaba pasar rozando a una chimpancé (con respeto) que se agarraba a su barra como si fuera el último suspiro de su vida. De repente, se oyó un grito.

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¡Déjeme pasar!

¡Pues no empuje!

¡Pero si usted está sacando el codo! Además está vacío ahí y embotellan todo.

¡Pero no empuje!

Y usted encima de no dejar pasar, saca el codo.

De repente, una voz supera el murmullo y se oye:  ¡Tránquilos!

Era el conductor, un chaval de veintipocos años que mandaba callar a los dos abuelos como su tuviera algo de autoridad. Su uniforme de conductor impuso lo mismo que si hubiera estado vestido de policía.

Si en vez de ahí delante hubiera estado junto a ellos le hubieran mordido y unido contra él. Pero el volante le dio el poder.

Cuando el hombre bajó del autobus se giró buscando pelea con su compañera de gritos. El conductor había perdido su autoridad. Habían salido de su reino.